
FUENTE:https://www.diariolibre.com/opinion/agora/2025/09/13/el-caso-senasa-y-la-confusion-sobre-la-atencion-primaria/3243657
En República Dominicana, cada vez que surge un escándalo en el sector salud, la conversación pública suele girar más en torno a “quién robó” que a lo que realmente significa la estructura del sistema. El caso SeNaSa no es la excepción. Pero más allá de contratos, intermediarios y modelos de pago, este episodio refleja algo profundamente psicológico: la dificultad que tenemos como sociedad para confiar.
La desconfianza en las instituciones se ha convertido en un hábito cultural. Ante cada decisión pública, el ciudadano común parte de la premisa de que hay un engaño oculto. Esta percepción está sustentada en experiencias previas: casos de corrupción, falta de transparencia y la sensación de que los recursos nunca llegan a quienes más lo necesitan. Desde la psicología social, hablamos de un sesgo de confirmación: cuando ya creemos que “todos roban”, cualquier irregularidad —real o percibida— se interpreta como prueba de esa creencia.
Al mismo tiempo, se mezclan dos conceptos que parecen iguales pero no lo son: atención primaria (reaccionar a un problema de salud inmediato) y medicina primaria (prevenir, acompañar y educar al paciente). La confusión no es casual: nuestra cultura tiende a buscar soluciones rápidas, inmediatas, casi de emergencia. La prevención exige paciencia, constancia y confianza en que un esfuerzo invisible hoy traerá resultados mañana, algo que psicológicamente cuesta más sostener en un contexto de incertidumbre.
El modelo capitado, que en otros países funciona para premiar la prevención, aquí genera sospechas. ¿Por qué? Porque se interpreta como “cobrar sin trabajar”. El trasfondo es emocional: cuesta aceptar que el éxito de un sistema de salud no está en llenar consultorios de pacientes, sino en mantenerlos estables y lejos de emergencias. En otras palabras, el problema no es solo conceptual, sino perceptivo.
Desde la psicología, el caso SeNaSa pone sobre la mesa tres dinámicas colectivas:
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La cultura de la desconfianza: asumimos primero el engaño antes que la posibilidad de un sistema eficiente.
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El apego a lo visible: creemos que más consultas o más recetas equivalen a “mejor atención”, cuando muchas veces es al revés.
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La falta de alfabetización en salud: sin comprender la diferencia entre lo preventivo y lo reactivo, no podemos evaluar con criterio las decisiones de política sanitaria.
En definitiva, lo que se juega en este debate no es solo un modelo de pago, sino la manera en que pensamos la salud como sociedad. Si no construimos confianza, educación y una visión más preventiva, cualquier reforma técnica seguirá viéndose como un truco.
Quizás el mayor desafío no está en el diseño del sistema, sino en nuestra psicología colectiva frente a la transparencia y la prevención.
